Argentina kantiana
· Bernardo Saravia Frías
Desde el inicio de su gestión, el gobierno ha puesto el movimiento del país en suspenso. Ese ha sido su método y su mayor logro, paralizarlo. Primero fue la pandemia; luego esa extravagante red de inmovilización legal casi absoluta que es el cepo; y ahora, la candidatura de un ministro en ejercicio pleno del Poder Ejecutivo, atravesado por un conflicto de interés severo, entre el bienestar del país y sus ambiciones electorales.
Es un escenario lamentable, en el que la fábula encontró un límite, y las facturas aparecen por doquier, incluso de picardías pasadas (la expropiación de YPF), que llevan a considerar el viejo juicio de residencia colonial como una exigencia de ley.
Todo se vuelve muy kantiano. El gran filósofo planteaba una estructura de pensamiento tan simple como potente: ante un hecho, ¿cuáles son sus condiciones de posibilidad? La pregunta se extiende a dos interrogantes: ¿cuáles son las posibilidades de reelección de este gobierno?; la otra: ¿cuáles son las posibilidades de un gobierno distinto? Conviene desgranarlas en ese orden.
La puesta en paréntesis de la dinámica argentina tiene tres consecuencias que ya son inmanejables, con o sin FMI: tipo de cambio en alza constante, inflación de tres dígitos y una pobreza espeluznante. Eso no es sostenible, y contra las acrobacias argumentales de los encuestadores, las condiciones de posibilidad de una reelección son más que escasas, por no decir nulas.
Vamos a la vereda de enfrente. Más allá de las tensiones propias de una elección interna, la verdadera pregunta que hay que responder son las condiciones de posibilidad desde el 11 de diciembre de un gobierno de otro signo político, en el sentido pleno de la palabra. Afortunadamente son muchas, pero conviene entender la profundidad y dimensión de la pregunta.
Eso se llama un nuevo régimen legal para la economía argentina. Un marco claro y preciso, alejado de las leyes ómnibus y estructuras parecidas, que confunden y poco aclaran. Para ir a lo concreto: esto es posible; y lo es, de la mano de dos principios de un valor mayúsculo, tan manoseados como tergiversados: la división de poderes y el federalismo. Más precisamente, la cooperación de poderes y el federalismo de concertación.
Poderes que dialogan en pos de un objetivo común, el bienestar general, no la rencilla absurda. Provincias que también dialogan con el Estado federal, en un espacio en el que se asumen responsabilidades que dan libertad. Algunos dirán que es una ilusión, una expresión de deseos. Para otros, es el único camino.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.