SARAVIA FRIAS

Carta orgánica o carta astral

· Bernardo Saravia Frías

La democracia es el gobierno de la opinión pública. Porque todo a fin de cuentas todo se reduce a una elección cada dos años, en la que se convalida o no el rumbo de un gobierno.

El secreto del juego político es interpretar el humor social, tanto los vaivenes presentes como las tendencias futuras, que de paso se ha dicho es cada vez más volátil, en una época signada por un tiempo acelerado y un espacio que se encoge. Las dos grandes categorías del pensamiento transformadas, y una metafísica dominada por una lógica extraña, la del desarrollo de la inteligencia artificial a lo que da, sin mayor reflexión, pero sobre todo sin ética ni estética. Sin filosofía, sin otro ideario que el acrecentamiento porque sí, que es receta cantada del fracaso o el error.

Esto permite entender mejor lo que tienen en común el intento de reforma de la carta orgánica del banco central y la declaración de un gobernador opositor, afirmando que, de llegar al poder, su sector simplemente modificará todo, especialmente lo vinculado con la inversión.

En el fondo hay una tensión entre dos miradas de país, que representan mucho más que una coyuntura: son posiciones antagónicas que vienen haciendo lo mismo desde casi siempre en la historia; con distintos nombres y morfologías.

Lo de la carta orgánica del Banco Central es icónico. De un lado, una mirada que pasó de detonar el organismo de control bancario a un acto más módico y de regreso a lo clásico: una misión limitada a controlar el valor de la moneda y estabilidad de su directorio. Del otro, no se sabe bien qué, además de oponerse, pero con el antecedente de haber ampliado absurdamente la misión y con el control coyuntural en la designación con mayoría agravada de sus directores.

Por lo pronto, hay que decir que eso del cambio normativo del siglo es una hipérbole y encima exagerada. Es una vuelta atrás bastante elemental, que tiene una debilidad repetida: con una ley se pretende imponer un cambio de duración permanente. Y acá está el error: una cosa es cambiar y otra muy distinta mantener. Volviendo a la definición de Cossio de democracia: la clave es interpretar la opinión pública; y más que eso, y esto es relevante para Argentina, con vencer (vencer con el otro, no contra otro). Porque esto de las grandes leyes que venían a cambiarlo todo ya lo vimos más de una vez: desde la ley de convertibilidad hasta la de intangibilidad de los depósitos.

El punto es que con una ley no es suficiente: basta ponderar la declaración del gobernador opositor para refrendar la historia, que indica que una ley puede enmendar a otra ley, y borrar con el codo lo escrito con la mano, dependiendo del humor social en la elección de turno. Menos una ley que propone ninguna novedad, en un mundo que exige creatividad anticipadora a los cambios estructurales que están ocurriendo: algunos protagonistas del desarrollo de la IA han llegado a sostener que unos años el dinero será insuficiente; ante un mundo de esas características, ¿lo mejor que tenemos como gran novedad normativa es una vieja ley?

Además de imaginación creadora, lo que falta es seriedad, que viene de serie, de conducta repetida en el tiempo. Para no repetir conductas, para no tropezar con la misma piedra. En eso del vaivén del péndulo que no se detiene más, tal vez toque empezar a pensar no tanto desde los absolutos efímeros sino desde los matices que permiten la permanencia. Todo un desafío en tiempos de dogmas e intolerancia.

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.