Dia logos
· Bernardo Saravia Frías
El diálogo es el dispositivo de comunicación y vínculo social por excelencia. Sin él no hay entendimiento posible y la palabra, en su sentido más pleno, pierde su valor. Por eso está en el corazón de un sistema institucional sano; no en vano, Montesquieu consideraba al diálogo entre poderes como el pivote del sistema, justamente para que su división sea posible y fructífera.
La política argentina ha banalizado el diálogo. Sea las mesas que emulando Moncloas inventaron unos pícaros allá por el 2000, sea con las del hambre, más acá y más arteras, la convocatoria al diálogo ha servido como treta para fines desestabilizadores o para procastinar indecisiones. Devino sinónimo de crear una comisión.
El concepto acaba de ganar el centro de la escena política, de la forma más liviana. Vale la pena aclarar un poco. El diálogo exige algunas características para ocurrir: no puede ser sobre cualquier cosa, menos mintiendo, y aún menos con cualquiera, porque también hay biografías. Todo eso, pero especialmente debe tener sentido de la oportunidad.
Vivimos tiempos electorales signados por una anomalía, que es una crisis de poder. Con un presidente en un soliloquio antártico, desconcierto en el gobierno de la economía y preocupaciones penales personales. A eso se reduce el cuarto triunvirato, a una babelización del poder. Y en ese marco de tensión inusitada, la polémica propia del proceso electoral adquiere otra dimensión: es tiempo de decir las verdades, más que nunca.
Además de un dispositivo de poder, el diálogo es un dispositivo institucional. No es ninguna originalidad en las ciencias políticas que no se puede gobernar hablando sólo con algunos todo el tiempo. En todo caso, y ésta es la clave, para eso está el Congreso de la Nación, que es el ámbito donde debe ocurrir. Mal usado, bastardeado electoralmente, agrava aún más el desprestigio que ya sufre el Parlamento. El mensaje es que seguirá siendo un lugar de mero tránsito de leyes, a lo sumo un teatro de variedades para espectáculos grotescos, como el simulacro de juicio a la Corte.
Hay algo más importante: la responsabilidad generacional. No podemos perder de vista que hay una nueva generación en camino que se niega a un futuro escrito, hipotecado. Algunos ya se fueron. Esa sangría tiene que terminar, y los que se fueron volver. Por ellos, hay que dialogar, sin dudas, pero cuando sea el momento, desde la verdad y con quienes quieran otro futuro para la Argentina.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.