Edición del 16 de septiembre de 2020
· Bernardo Saravia Frías
Un desierto de divisas y la pavura al mercado han llevado al BCRA a lo inconcebible: empujar a las empresas más competitivas del país al incumplimiento, a romper los contratos, al generalizado default.
La máxima autoridad monetaria ordenó a las empresas refinanciar el 60% del capital de sus deudas externas por encima del millón. La gran deudora del Sur aumenta su fama. Empresas argentinas de renombre y prestigio no podrán honrar sus compromisos sin refinanciar su pasivo de tan drástica forma. Nueva paradoja jurídica: la obligación de incumplir.
El crédito internacional de la República en shock. ¿Qué acreedor aceptará de buena gana la imposición? Nada impide que ejecuten sus garantías, que se gatillen las cláusulas de cross acceleration y cross default. Más arbitrajes y litigios en jurisdicción foránea se avecinan.
Adiós crédito; hasta nunca inversión. La globalización no es más que una entelequia. El país ingresa en un nuevo sistema endogámico y autorreferencial de planeta único. Importaciones y turismo, especies en extinción. El futuro avizora más Fallabelas, nuevos Latams.
Disputando el primer premio en un concurso de eufemismos, con el propósito de promover una “eficiente” asignación de divisas y “priorizar” su uso para la “recuperación del crecimiento económico y el empleo” se impuso una percepción a cuenta de Ganancias y Bienes Personales del 35% para la compra del apetecido y aspiracional “Dólar Ahorro” con el propósito de “desalentar su demanda”, llevando su cotización, de la noche a la mañana, por encima de los $130.
Los protocolos finalmente no sirven para asignar respiradores sino divisas.
Qué será de esa población confinada y teletrabajadora, calzada con crocs, despeinada y sin reloj, que contaba el paso del tiempo a partir de la renovación mensual del cupo para adquirir dólar ahorro, única fuente de orientación calendaria en tiempos confusos. Millones de argentinos esperan en la línea de largada la cuenta regresiva para lanzarse a la carrera a comienzo de cada mes para hacerse de exiguos 200 dólares al mejor precio del mercado (para comprar, ya que para vender los exportadores tienen mucha peor suerte).
Habrá que cambiarle su célebre denominación a la más popular divisa, el ahorro difícilmente sea su destino: Netflix y Spotify serán “a cuenta” de ese estrecho margen, lo mismo que las compras por Tiendamía y Aerobox; nuevas formas del turismo virtual y pandémico.
Es de esperar que el fervor patrio con el que se tributó la tasa del 30% del Impuesto País se inflame y redoble para pagar otro 35% a cuenta de ganancias que, paradójicamente, en tiempos de crisis general jamás llegarán. La escasez es una autopista que conduce a la gula. País sin moneda; dólar sin techo. Puede que algunos argentinos confundan monjas y bolsos con algo distinto que la corrupción. Pero hasta el más idiota sabe cuánto cuesta un dólar y que su aumento, incluso eufemístico, es mañana inflación.
El “contado con liqui” no podía quedar afuera del intrépido raid del BCRA. Más parking y restricción a no residentes para vender en el país títulos valores contra dólares. Prohibición de liquidar en pesos localmente las transacciones de títulos valores concertadas en el exterior. Tremenda barricada en el camino de ingreso al país de dólares al tipo de cambio real. Imperio de la ficción. Se termina el spread con el que tantas empresas daban valor a sus ahorros para financiar las pérdidas de una crisis histórica decidida por DNU. El final podría ser su futuro.
Quien ingrese dólares al país deberá liquidarlo a alrededor de $ 75; cuando quiera recomprarlo, deberá pagar unos $ 130. Mi reino por un dólar.
[CONCLUSION]
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El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.