SARAVIA FRIAS

Federalismo de vasallaje

· Bernardo Saravia Frías

Una democracia se caracteriza por muchas instituciones y pocas leyes. Un régimen autoritario es a la inversa, muchas leyes y pocas instituciones. Entre una y otra variante, la Constitución es lo que marca la pauta porque es el marco de referencia ineludible del sistema, especialmente a través de lo que se conoce como cláusulas pétreas, que son aquellos puntales inmutables de la organización.

Nuestro país está sumido en una crisis institucional profunda, que tristemente lo acerca de a poco a la segunda variante. Ayer lo dejó en claro la Cámara de Diputados, al votar el recorte de la coparticipación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Es un error encarar el análisis desde falsas antinomias como porteños e interior, opulencia del puerto y pobreza de las provincias. Eso es desconocer muchas cosas, pero especialmente nuestra historia y tal vez la cláusula pétrea más importante de nuestra Constitución Nacional: el artículo 1°, que consagra un sistema representativo, republicano y federal.

Lo de los diputados de ayer fue una violación flagrante a los tres principios y en definitiva al concepto que los sintetiza, la República. Y, para aquellos que todavía tenían dudas o esperanzas, dejó en claro un modo de gobernar que desvirtúa el sentido de la política: no es ya una idea precisa de lo que se quiere hacer desde el Estado con nuestra Nación, sino una manera lisa y llana de gobernar de modo coyuntural, asegurando en todos los frentes relaciones de poder y no relaciones de derecho. En menos palabras, poder no como articulador de consensos sino como dispositivo de sometimiento.

Diputados de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires votando en contra de los intereses de la Ciudad de Buenos Aires. Diputados de las provincias pretendiendo sacar ventajas presupuestarias para sus gobernadores (sic) pero consagrando un precedente que las puede (y las va a) afectar a todas de igual modo, dependiendo del humor del poder de turno. Todo una accionar vergonzante en medio de discursos paupérrimos que terminó de imponer un federalismo de sumisión.

El mejor programa político de un gobierno que realmente quiera restaurar la arquitectura republicana de nuestro país es cumplir con la ley de coparticipación federal, que desde 1994 no es más que un compromiso vencido. La razón es sencilla: esa ley requiere unanimidad y por tanto la concertación de todos. Desde ayer estamos cada vez más lejos de esa aspiración, y más cerca de una confederación de caciques, que se basa en la volubilidad de lo no escrito. Un régimen imprevisible y subitáneo en el que se va desinteresando como un mercado persa, en perjuicio del control y en beneficio de la exorbitancia de un poder.

Hubo concordia y crecimiento en la Argentina cada vez que se respetó la fibra constitucional del federalismo, el verdadero acuerdo nacional. Hubo anarquía y pobreza, cada vez que esta institución central de nuestra organización devino en un acto gracioso del príncipe. Tristemente se va perfilando un proceso de desintegración y no de integración; un país de muchas leyes y pocas instituciones, o lo que es lo mismo, de menos libertad y mucho vasallaje.

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.