SARAVIA FRIAS

Hablando bien

· Bernardo Saravia Frías

El lenguaje es el principal conducto de la dinámica social; más aún en la moderna, donde los mensajes políticos condensados dominan la escena.

Hay dos miradas extremas, casualmente de suizos separados por siglos: en el renacimiento, paracerlso sostenía que al pronunciar una palabra se toca la esencia de la cosa mentada, lo más cercano a la cábala y el hermetismo; del otro lado Saussure, que ya en nuestros tiempos consideró que que las palabras no tienen valor por sí.

En el medio, Deleuze argumentó que el lenguaje es creador de realidad: lo dicho lleva al hecho, lo provoca. Es esta interpretación la que mejor explica el valor del lenguaje en el ejercicio del poder.

La globalización hoy es tan política como comercial. En el mundo se aprecian modos comunes de comunicación, caracterizados por la violencia lingüistica. Sea por su efectismo en el mensaje, sea por falta de recursos, lo cierto es que impone un modo de participar en la vida pública que no está exento de consecuencias: la mayor, la creación de una realidad polarizada, a partir de un criterio de posverdad en la que el lenguaje cumple un rol distinto: incomunica, aísla, lejos de concertar un diálogo para encontrar soluciones comunes.

Los abominables atentados a autoridades presidenciales en países donde este modo de hacer política domina, deja en claro que no es inofensivo, que hablar violento abona situaciones de violencia. No se trata de responsabilizar a nadie en particular, pero sí de pensar el problema desde un ángulo institucional.

Empecemos desde arriba. La palabra de un funcionario público tiene un enorme valor, en cualquier medio, sea en vivo o en las redes. Desde expresar una cifra de pobreza e inflación (detrás de los números hay personas) hablar en el Congreso o al declarar una guerra (basta comparar los argumentos de hace años a los de hoy; de la poesía heróica se pasó a citas falsas del evangelio). Se trata de comunicar, y hacerlo bien, más allá de la coyuntura y el impacto inmediato, porque hay una vida institucional después de una encuesta.

Lo mismo aplica a la oposición política, que muchas veces se ve arrastrada a ese fango porque cree que es el único recurso disponible para llamar la atención. Violencia contra violencia, genera más violencia. También le cabe el sayo al periodismo militante y a las profesiones liberales que se valen especialmente del lenguaje para su quehacer: basta ver abogados que abusan de la inteligencia artificial para sus escritos (abundan ejemplos de grandes firmas que ya no saben cómo esconder su vergüenza ante su pereza profesional).

Ya lo dicen las Escrituras: en principio era el Verbo… Las palabras crean realidad. No se cambia el norte de un país vociferando ruidos onomatopéyicos ni escondiendo el pensamiento con palabras. Hablar bien es mucho más que buenos modales: hace a la esencia de la política, que no es ni más ni menos que explicar.

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.