La Argentina en su laberinto (no tecnológico)
· Bernardo Saravia Frías
Hay asuntos que exceden la ideología. Son de una verdad tan indubitable, que las polémicas se vuelven nimias. En los últimos veinte años se destacan tres, con una incidencia mayúscula: la revolución tecnológica liderada por las “seis grandes” (Facebook, Apple, Google, Microsoft, Amazon y Twitter); el ingreso de la República China al mercado mundial desde 2001; y la pandemia del Covid-19 a principios de este año.
Son acontecimientos estrechamente vinculados e interdependientes. La revolución tecnológica es el mayor ejemplo: fueron las plataformas creadas por las FAGMAT las que permitieron que el mundo siguiera rodando luego de la aplicación de un remedio medieval en el siglo XXI (la cuarentena, pensada originalmente para un horizonte temporal y un número limitado de personas).
En pleno siglo de las tecnologías de la información y la comunicación, la lógica del diseño “jurídico institucional” indicaría que cualquier gobierno debería prestar especial atención a esta materia dentro de sus fronteras y aún allende. Desde ya que con un delicado equilibrio. De un lado, evitar que esas empresas se conviertan en monopolios con una posición dominante que anquilose los mercados, y asegurar que la información que manejan (Google “qué buscamos”; Facebook “qué compartimos”; Twitter “qué opinamos” y Amazon “qué compramos”) tenga un valor y sea debidamente resguardada. Del otro, establecer el marco regulatorio para incentivar su desarrollo y liberar toda su potencia. En estos últimos meses ha quedado claro que la tecnología creó una nueva realidad que lo abarca todo: economía, negocios, trabajo, vínculos sociales, compras y un largo etcétera. Con nuestro mundo físico acechado por el virus, el espacio digital expandió la frontera vital del hombre proponiendo nuevas experiencias y oportunidades para el progreso de nuestra economía y civilización.
El gobierno de nuestro país es perito en eso de tapar el sol con las manos, de aferrarse a la caverna en la era del ciberespacio. Lo dejó en evidencia con tres normas que hacen honor a una mirada puesta en el espejo retrovisor de la historia: su embate a las TELCOS, al declarar servicio público a internet y la telefonía celular y congelar sus precios, atacando a la inversión privada en las infraestructuras más básicas para el presente y el futuro; la ley de “teletrabajo” que aseguró que la nueva modalidad esté encorsetada con criterios del siglo XIX, garantizando a los viejos sindicatos sus privilegios de siempre; y la ley de economía del conocimiento, que fulminó una oportunidad única para convertir a Argentina en un hub tecnológico, al determinar que los incentivos impositivos del sistema (manejadas directamente por el inversor y no por el Estado), se conviertan en subsidios asignados con criterios de arbitrariedad (manejados por el Estado y no por el inversor).
Lo peor de las miradas anacrónicas es su obstinación por repetir fórmulas fallidas, que conducen a ningún lado; es ese ánimo irredento por tropezar cien veces con la misma piedra. En un mundo globalizado, el error se magnifica y nos deja cada vez más lejos de las oportunidades; aun cuando quienes proponen y votan esas normas se valen día a día de iphones, buscan la información en Google, persiguen popularidad en Facebook (y su subsidiaria, Instagram), opinan por Twitter, compran en Amazon y guardan su información en una nube provista por esa empresa y Microsoft. Paradojas y contradicciones de una Argentina en su laberinto.
* * *
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.