La paradoja Argentina
· Bernardo Saravia Frías
La paradoja es un enorme dispositivo para el pensamiento, pero una de las mayores restricciones para la acción. Es la base del quehacer filosófico, porque lo obliga a encontrar una salida a la imposibilidad lógica; y es una constante en política, que como arte de lo posible, exige la mayor eficacia de los actos de gobierno por sobre cualquier prurito que implique la parálisis de girar en círculos e ir a ningún lado.
La política argentina se resume en una gran paradoja, entre relatos y aspiraciones inconexas de los hechos y los logros. Desde hace largo que estamos sumidos en un remolino de verdades a medias, que se agiganta y nos ahoga en contradicciones cada vez más graves.
La actual paradoja del país está definida por un doble juego de factores que lo atenazan. De un lado, una asimetría entre las urgencias de la gente y la agenda del gobierno, clavada en el 2015, como si nada hubiera ocurrido en estos años, especialmente en el último de pandemia. Las mismas ideas fijas e idénticos resentimientos. Del otro, un gobierno viejo, demasiado viejo para un año de gestión, con tantos desaciertos que cimentaron un estado de zozobra que enfila precipitadamente hacia la anomia, recreando un ambiente al mejor estilo del Mayo francés (jóvenes cansados de que impávidamente se les clausure el porvenir).
En definitiva, una mirada obsesa en el espejo retrovisor, que no alcanza a calibrar la magnitud del desafío que enfrenta. Con decisiones improvisadas que derivan en un incesante corsi et ricorsi y soluciones perimidas: las tres últimas (viejas) novedades son las restricciones a la exportación de maíz, que devinieron en confusas y parciales; los límites a la circulación que mutaron en “sugerencias” ante el hartazgo social; y vacunas que se producen, que no, que se importan de un país, que no, que una dosis, que dos, que son millones, que no.
Ya tuvimos desde Vicentín hasta el no acuerdo con el FMI. Seguirán una nueva Corte para controlar la justicia, una ley de medios y tal vez hasta una amnistía o un indulto frente a la contundencia del expediente, mientras los problemas de la gente, bien, gracias.
Es el peor escenario para el sector privado, que enfrenta un “economicidio”, un “liberticidio” y la prohibición de educarse a toda una generación (alpargatas sí, libros no). Ya son muchos los llamados de atención de la realidad, demasiadas las alarmas y las oportunidades que se van perdiendo.
Entre tanto relato y discurso deletéreo, las paradojas se han convertido en contradicciones de una sociedad sin esperanza, que recurre a medidas protectorias (judiciales y hasta de acción directa en el extremo) para defender lo propio ante la extraña convicción de algunos de que lo suyo no les pertenece.
Es hora de decirnos la verdad. De recurrir al viejo concepto griego de parresia (derecho y deber de hablar desde la franqueza, y no desde la falsedad y el silencio, especialmente de los gobernantes en democracia) y llamar a las cosas por su nombre: honradez, mérito y esfuerzo. Esas son las tangentes para salir de la gran paradoja que nos apremia; no las verdades a medias de “poner el guiño a la izquierda para doblar a la derecha”, que son las peores mentiras porque esconden la arbitrariedad y la corrupción.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.