SARAVIA FRIAS

La vemos o no la vemos

· Bernardo Saravia Frías

Sean de derechas o de izquierdas, los populismos del siglo XXI tienen tres axiomas que los unen: justicia, libertad de prensa y recursos naturales. Detrás de convertibilidades, superávits gemelos, equilibrios fiscales y otras argucias macroeconómicas desplegadas en el tiempo, esta obsesión trinitaria siempre está.

Vamos uno por uno, trazando analogías. En la última versión de izquierda progresista, se intentó el dominio del poder judicial con la “democratización de la justicia”. Falló porque quisieron comerse el elefante de un bocado. La experiencia no fue en vano. Estados Unidos evidenció que el objetivo se logra con un boccone da cardinale: la Corte Suprema es suficiente. Brasil aportó lo suyo. En ambos casos, condenados que llegan al poder o se ven obligados a abandonarlo, siempre a expensas de decisiones supremas. Conclusión: no importa el costo, dominar la Corte es una medida medular. Conceptualmente, la justicia no tiene nada que ver con una decisión sobre lo que es justo o injusto de acuerdo a una jerarquía al estilo clásico, sino que es el poder el que dispone que debe llamarse justo o injusto.

La libertad de prensa es el segundo eje. La versión de izquierda cometió el mismo error que con la justicia: su pretensión maximalista. El giro a una estrategia distinta está en camino en el mundo occidental, a través de una alianza explícita con una plataforma digital, en desmedro de los medios tradicionales. Lo que está en disputa es la comunicación monopólica: el relato, que se impone con el control de la prensa independiente. La lógica conceptual es la misma: qué es importante y verdadero no responde a una medida de verdad, sino a lo que el poder necesita que prevalezca como verdad.

Los recursos naturales son el último pilar. La experiencia previa fue desordenada. Empezaron forzando asociaciones con especialistas en mercados regulados; siguieron las expropiaciones. Amistades incomprensibles con una empresa minera. El camino actual es discursivo por ahora: la tierra es plana; no hay contaminación, lo que incluye el Amazonas y postergar la transición energética que estaba en marcha. Se la llama la brown revolution (por oposición a la green) y está en pleno proceso de ocurrencia. No está claro el destino, pero sí contradicciones que ya se avizoran, especialmente con desregulaciones que favorecerían abiertamente la contaminación ambiental.

La política está tomada por un discurso macroeconómico. La urgencia coyuntural domina la opinión pública, que acepta, complaciente, hechos de gravedad. Estamos ante una nueva agenda de poder, que aprendió lecciones y tiene un plan muy claro para tres axiomas que son consustanciales para su permanencia. Es grave el silencio o la omisión poco valiente, de muchos que dicen que la ven, pero no están viendo o no quieren ver lo que importa.

Mucho está en juego. A la oposición argentina, sobre todo, le está faltando mirada de estadista, más que la limitada de economista. Justicia y prensa independientes, y explotación responsable de los recursos naturales deben ser temas de agenda, debidamente explicados a la opinión pública, porque definen nuestro futuro como Nación. Son banderas liberales demasiado importantes como para que pasen desapercibidas bajo el dominio de un discurso económico uniforme.

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.