SARAVIA FRIAS

Ni hard ni soft: el noveno default

· Bernardo Saravia Frías

Cuesta calibrar los efectos del noveno default de nuestra historia.

Lo más difícil de entender es el amateurismo con que se manejó la fallida negociación, casi como si se hubiese querido el resultado aciago.

La oferta nació con dos vicios de origen. Su estructura jurídica era correcta para un experimento académico, pero sentaba precedentes tan negativos en el mercado de deuda soberana, que la llenaban de reparos. Era claro que manipular las cláusulas de acción colectiva, al punto de convertirlas en una herramienta abusiva para la conformación de las mayorías, dejaba entrever un destino infausto.

Su timing fue también desacertado: se eligió el peor momento para expresarla, cuando hubo tiempo desde el principio de la gestión del gobierno que la anunciaba prioritaria. Se quiso aprovechar la convulsión financiera global desatada por el COVID-19, y capitalizar el confuso apoyo de alguna línea técnica del Fondo Monetario (no del board), para proponer términos financieros agresivos. Sobrevino la falla táctica: se pensó que se trataba simplemente de imponer, sin negociar.

Los vicios llevaron del error a la concesión. De la agresión pasamos rápidamente a la retirada. Se concedió de más (miles de millones de dólares cada vez, como si sobraran) para volver finalmente al primer casillero.

Todo termina como era previsible: un nuevo default, incomprensible; edulcorado al principio con eufemismos (soft default…), y ahora contundente y objetivo. Todavía sin aplausos candorosos en el Congreso, como la última vez, pero con un lenguaje confuso que no deja en claro nada, reparte culpas y extiende una vez más los plazos. Como si el tiempo fuera eterno y no lineal; aion y no cronos. Lamentablemente para un gobierno (y para una Nación) en las crisis no hay tiempos, hay instantes; y sólo buenas o malas decisiones.

El default es sin ninguna duda una mala decisión para el país, en el corto y el largo tiempo histórico. Todo se puede evitar, menos las consecuencias; por más que se arguyan excusas fundadas en el pasado: el presente no es lo que se hereda sino lo que se construye con la herencia. El default es una decisión del presente que compromete el futuro y da por tierra los esfuerzos colectivos del último lustro en pos de restaurar el valor de la palabra empeñada por Argentina y su buena fe internacional.

Se vienen arduas batallas judiciales cuando todavía sigue la Argentina lidiando (y perdiendo) juicios en New York por malas decisiones anteriores. A los reclamos de acreedores por el default anterior, se suman los de bonos atados al cupón PBI; la estatización de YPF; demandas en el CIADI, que incluyen la estatización de Aerolíneas Argentinas, y un largo etcétera. Todo parte del mismo enredo, del mismo laberinto del que parece nos empeñamos en no salir nunca. Los errores los pagamos todos los argentinos, más tarde o más temprano.

Y las Provincias argentinas y las empresas argentinas en el medio, con sus deudas y necesidades. Ahora entre estatizaciones, fuertes restricciones comerciales y cambiarias y una falta absoluta de acceso al crédito. Ni de organismos multilaterales ni de agencias gubernamentales de financiamiento que exigen good standing como condición. El default soberano viola ese principio ineluctable. Principio del que tampoco escapa el Estado que acude a una emisión sin parangón financiando sus políticas con la destrucción de nuestra moneda.

Cuando Argentina necesita esperanza, recibe más incertidumbre.

No se trata de patriadas, sino de actuar responsablemente, con una visión de estadista que evite males mayores a un país exhausto, con los argentinos encerrados en sus casas desde hace meses e instituciones funcionando lánguidamente.

Un Estado nuevamente en cesación de pagos; los argentinos asfixiados entre carencias, prohibiciones y obligaciones draconianas. Es imperioso volver al cauce.

* * *

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.