Para negociar con el FMI: el “presupuesto” argentino, un sueño sin plan y sin control
· Bernardo Saravia Frías
El presupuesto es la ley de leyes. Desde que nace en 1215 como un modo de poner coto a la autoridad ilimitada de un rey, es mucho más que un cálculo de ingresos y egresos: es un plan de gobierno, un compromiso político que habilita el control constante. En definitiva, es el marco que instaura dos ejes tan necesarios como virtuosos: previsión y control, la base de cualquier gobierno serio.
El deterioro institucional argentino es alarmante. Hay descontrol a partir de zonas liberadas que se instauran metódicamente en los distintos organismos encargados de controlar al poder; y hay improvisación allí donde debiera haber planificación y método. El proyecto de presupuesto enviado por el Poder Ejecutivo Nacional al Congreso es la evidencia palmaria del extravío del gobierno: sin plan y sin control. Improvisando, descontroladamente.
Todavía no está claro por qué se mandó incompleto, violando el principio de unidad presupuestaria, que exige que no puede ser susceptible de mutilaciones ni de olvidos; tampoco, aunque lo supongamos, por qué se completó arteramente entre gallos y medianoche, con prebendas y repartos propios del grotesco. Lo que sí está claro son las consecuencias, especialmente para los acreedores y la opinión pública: se le ha dado una nueva entidad metafísica a la institución presupuestaria: todo es un sueño, una ficción, hasta la ley más básica e importante. Un refundar institucional con una nueva dimensión: desde el Estado del derecho al Estado del revés.
Luego de una reestructuración de deuda larga, costosa y fallida (récord mundial: precios de default a dos meses de terminada y sin vencimientos hasta después de un año), nos aprestamos a negociar otra deuda (incumplida) con el Fondo Monetario Internacional. Era de esperar que los errores de la renegociación con los acreedores privados hubieran sido un aprendizaje. No parece ser el caso: de un lado, misivas plenas de recomendaciones y tirones de orejas del bloque oficialista en el Senado a la directora general del Fondo, y un nuevo impuesto a la “riqueza”, como para dejar en claro el sesgo “pro inversor” del gobierno; del otro, ajustes a los jubilados y un esfuerzo inconmensurable (y cuestionable) para mantener el tipo de cambio a niveles irreales.
La contradicción que funda el absurdo: se “pide” renovación de un crédito a un acreedor con un tono político mandón y autoritario, mientras se somete a la sociedad argentina a un ajuste en medio de una recesión sin precedentes, causada por la impericia. El problema es que en estas instancias internacionales la precaria política del “tacticaje” (miren lo que hago y no lo que digo) no funciona: cualquier acreedor espera un plan, no una libreta de almacenero llena de remiendos y picardías; y desde ya, no consejos ni sugerencias, sino voluntad de pago fundada en verdades concretas, no etéreas. La fecundidad de la mentira tiene límites.
Hubo tiempos en que el único plan fue la Constitución Nacional (Yrigoyen); otros en que se llegaron a hacer presupuestos plurianuales (Perón); hasta se aseguró 13% del presupuesto en educación (Illia; hoy es menos de 1%, con escuelas incomprensiblemente cerradas). Nunca se llegó al extremo de convertirlo en una ficción, en un sueño; peor aún, porque fundar el plan de un país en la improvisación y el descontrol, más que un sueño, es una pesadilla asegurada.
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