RIGI
· Bernardo Saravia Frías
Una de las mayores paradojas es que continuidad y cambio son dos caras de una misma moneda. Cambio es condición de posibilidad de continuidad y viceversa. La paradoja explica la seguridad jurídica como fundamento central de cualquier política de transformación.
Una vez más en la Argentina se ha instalado la necesidad de un cambio sin tener en cuenta los límites y potencia de la contracara, la continuidad. Es una propuesta que ha tomado la forma de dogma, porque con mucho de irracionalidad y poca lógica, pontifica que todo lo que se le oponga es una antinomia que carece de sentido común.
El peligro queda expuesto en su plenitud con la discusión parlamentaria de la ley de bases. Pocos niegan virtudes y necesidades perentorias en muchos de los cambios que propone el proyecto. Pocos, casi ninguno, ha profundizado con datos y argumentos acerca de su conveniencia.
Uno de los capítulos más relevantes del proyecto es el régimen para grandes inversiones (el “RIGI”). En prieta síntesis, todas aquellas por un valor superior a los 200 millones de dólares gozarían de beneficios impositivos, aduaneros y estarían libres de controles de cambio. Una suerte de zona franca para la inversión, que les permitiría quedarse con parte sustancial de la renta de los recursos naturales que extraigan, porque es a eso a lo que mayormente apunta el régimen.
Tiene todo el sentido: somos uno de los países con mayor riqueza minera y de petróleo y gas. Como sostiene el argumento común, no tiene sentido que quede “enterrada bajo la tierra”. Pero es aquí donde debiera aparecer la razón, que deje de lado los sinsentidos de antinomias “pueblo que quiere el cambio versus casta que se opone” y emerger el Congreso funcionando a pleno sopesando las preguntas elementales del por qué y el cómo.
Para ser más precisos, como enseña el maestro Fanelli, al menos dos teoremas debieran ser tenidos en cuenta como filtro necesario para darle consistencia al RIGI, de modo que no sea un sistema que termine en la dilapidación absurda, que no sea más que una excusa para salir del paso y dejar todo como siempre: Hartwick y Hotellilng.
El primero plantea el kairos griego, es decir, cuándo conviene sacar los recursos debajo de la tierra, atento a factores como la tasa de interés a la que se podría invertir la renta y el precio proyectado del commodity en cuestión. Que quede claro: no plantea no explotar los recursos naturales, sino hacerlo en el momento o al ritmo más conveniente. Parece algo elemental, pero la verdad sea dicha, nadie hasta acá ha presentado ni un dato cuantitativo que permita una decisión fundada.
El segundo refiere al cómo, puntualmente, como gastar la renta extraordinaria de esos recursos que no son infinitos. Nihil nuovo sub sole: ya vimos lo que pasó con las privatizaciones… la enseñanza es que hay generaciones futuras; la otra, que hay forma de que no sea el Estado el que la gaste mal y arbitrariamente; y que se puede lograr que parte de la renta vaya a donde tiene que ir: empleo, infraestructura, educación, pymes. Fondos soberanos de inversión, son la respuesta; desde Chile a Noruega lo han hecho.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.