Si ganás, perdés; si perdés, también
· Bernardo Saravia Frías
Uno de los hechos más destacados en el desarrollo del estado de derecho es la Carta Magna de 1215. Primer gran límite a las arbitrariedades de un monarca: “no taxation without representation” (los impuestos sólo los aprueba el parlamento) fue un “nunca más” a los excesos impositivos del rey, que devino en lo que se conoce como principio de legalidad tributaria.
Desde Roma, los sistemas jurídicos tienen una constelación de instituciones que reglan cómo resolver lo imprevisto, sean hechos naturales o de un gobierno: la fuerza mayor, el caso fortuito, el hecho del príncipe. No aplican a los impuestos por una razón sencilla: en esta materia debe haber reglas predecibles, no imprevistos. Ese es el gran logro del principio de legalidad.
En este marco, lo de la renta inesperada no tiene parangón; tampoco asidero legal. Una más de las varias ideas locas, que son cada vez más locas. No se trata de quién sería el obligado a pagar el impuesto; si es rico o pobre; si son muchos o unas pocas empresas. No es ese el eje de la discusión jurídica ni política. Es lo que se puede o lo que no se puede hacer, porque lo que está en juego es el desequilibrio del contribuyente ante el poder del Estado. Se vulnera esa compuerta y, de ahí en más, todo es posible, desde los mayores excesos a las más férreas resistencias, como tantas veces en la historia.
Un impuesto tiene un aspecto formal y otro material. Desde el siglo XIII debe ser aprobado por el Congreso; además, debe tener un fundamento en la razonabilidad. No basta con esa extraña manía de querer camuflar los yerros o los abusos con palabras sosas: larga tradición argentina, que se inscribe en la tesis del estado de excepción permanente, tan afín a los regímenes institucionalmente más débiles y en los que “única vez” es sinónimo de “una vez y para siempre”.
Extraño giro al capitalismo el que se propone, dándole la razón al pícaro Atahualpa Yupanqui: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”; si ganás, perdés; si perdés, también. Ese es el mensaje a un sistema puesto patas para arriba, en el que invertir es una aventura, ganar un pecado y la conducta anti bíblica de no sudar la frente, una virtud que rinde frutos. Un estado de derecho en deriva a otro de satrapía asfixiante. Algunos parecen ignorar las consecuencias históricas de estos excesos, como el giro copernicano que siguió al impuesto al té de 1776.
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