Anacronismo y desconcierto laboral
· Bernardo Saravia Frías
Luego de un año largo de cambios vertiginosos, el mundo intenta adaptarse a una normalidad “híbrida”, marcada por el distanciamiento social y un proceso de vacunación con efectos que se insinúan más lentos de lo esperado.
La tensión aparente entre el temor a la enfermedad y la necesidad de supervivencia ha transformado la red jurídica que sirve de base al orden social. En su análisis se destaca un tópico, por ser uno de los puntos de convergencia de la economía “post pandemia”: la nueva realidad laboral.
En eso de mantenerse a flote, casi todos los sectores se han visto forzados a abrazar la digitalización y el e-commerce, protagonizando giros copernicanos en su forma de hacer negocios, pero sobre todo de emplear y ser empleados.
Dos casos para patentizar el argumento: el restaurante transmutó de locus de encuentro, calidad de la atención y el servicio, a un negocio de delivery integrado a una plataforma tecnológica, con eje en la distribución. Otro: en el periodismo, se acentúa la tendencia a los newsletters de calidad (ver www.substack.com), que van dejando en el camino hasta la estructura web de los diarios, en una extraña vuelta atrás al origen, al periodismo de opinión e investigación.
Todo ha cambiado. Sin embargo, la innovación argentina, entre actividades que nacen y otras que mueren, encuentra un límite mayúsculo: un sistema laboral estancado en el siglo pasado con dos características salientes: está pensado para la fábrica del siglo XIX y es típico de un modelo corporativista de aquel entonces, que favorece la formación de sindicatos fuertes por sector (concepto elástico si los hay: transporte, a guisa de ejemplo, abarca negocio postal, peaje y sigue).
No es tiempo de juzgar el éxito o el fracaso del sistema. Sí de asumir su obsolescencia, plena de contradicciones perversas: basta caer en la cuenta de que desconoce la informalidad y la desocupación, en rampante aumento (violación de un derecho humano, si los hay); y los privilegios de los sindicatos, paradójicamente cada vez más poderosos y menos representativos.
La dirección y el ethos de un gobierno se revelan en los cambios normativos que impulsa. En esta fundamental materia son tan solo tres: doble indemnización perenne y prohibición de despedir, aún ante la quiebra inminente; régimen arcaizante de teletrabajo, que se apoya en plataformas tecnológicas convertidas en servicio público, inoculadas así de imprevisión estatal y falta de inversión; y promoción del empleo para personas Trans, cuando el desempleo arrecia entre la población sin discriminación. Consagración del absurdo; soluciones del pasado para problemas del futuro, que evidencian un alarmante desconcierto: asimetría entre la mirada de quienes conducen y las urgencias de una sociedad que atraviesa una crisis inédita.
El hombre hace planes y Dios se ríe de los planes que hace el hombre. Es posible, pero peor es no tenerlos, y peor aún seguir uno falso, rebosante de recetas perimidas. Es demasiado grave lo que hay por delante como para seguir atados a dos vectores tan ineficaces como dañinos: improvisación y anacronismo. Son lujos que no se puede permitir un país en agonía.
Es tiempo de creación (eso es cultura) y no de repetición contumaz (propia de los idiotai). En la era de la “deconstrucción” son necesarios y nunca más oportunos cambios profundos en la regulación del empleo, dejando privilegios, prosopopeya discursiva y largas contradicciones a un lado.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.