Argenzofrenia
· Bernardo Saravia Frías
En la edad media el mercado era un lugar de justicia. El soberano reglaba estrictamente qué se podía ofrecer y el precio de los bienes, en base a la justicia distributiva. Importaba la legitimidad de las decisiones del Estado, no tanto su utilidad. Tiempos del mercantilismo, de economía como juego de suma cero, de acumulación y fronteras. Mundo finito.
En el siglo XVIII opera el gran desplazamiento: el mercado deviene un lugar de verdad. El precio pasa a ser fijado por mecanismos naturales que desplazan la omnipotencia del soberano. Se convierte así en un espacio que desnuda la verdad o la falsedad de las acciones de un gobierno, en donde lo que prima es el vector de la utilidad. Tiempos de fisiócratas y liberales, que conciben un progreso ilimitado. Mundo infinito.
La mutación que se opera es profunda: en un caso, instituciones que servían para consolidar el soberano, como multiplicadores del poder; sin división de poderes, todo concentrado en uno que se expande y acota libertades individuales. En el otro, las instituciones se reconfiguran como límites sustractores de poder; división de poderes y expansión de las libertades individuales. Estado pantagruélico versus Estado frugal.
El mundo se debate hoy entre tensiones y extremos. Asistimos a polémicas impensadas, reacciones y cursos de acción en otra época inverosímiles. De a poco, sin embargo, todo se encamina a una normalidad, aunque sea nueva. Argentina, por el contrario y para variar, dando la nota: nuestra historia dejó la línea recta y abrazó una curva que vuelve contumaz al pasado. Muchos contemplamos atónitos una sucesión de medidas gubernamentales que nos llevan hacia un atrás remoto.
Si se presta atención, es un revivir de un sistema arcaico apoyado en un triple vértice. Desde la política, se trata de legitimar el Estado por sobre la utilidad o no de su accionar; más Estado, no importa el para qué, sólo el porqué. Desde la economía, se impone una concepción de suma cero; mientras unos crean mercados en el espacio, otros nos aislamos en lo efímero. Desde el derecho, se trata de acotar la libertad individual y acrecentar la libertad del Estado.
Si se confronta la realidad desde este punto de vista es más fácil comprender lo que de otro modo parece pura torpeza. Para ser claros, a ese modo de gobernar no le importa tanto la inversión, la riqueza o la producción. Lo tiene sin cuidado los efectos benéficos o no de sus medidas, su utilidad. El empirismo es un anatema y la libertad un acto de rebelión. Se trata del Estado en un rol estelar y utópico, distribuyendo sin límites de ningún orden, ni institucionales ni políticos.
Hacía la microfísica, la transformación es enorme. Cómo vivimos, nuestra cotidianeidad reglada al extremo, transformando la fisonomía existencial de una sociedad. Hay que entenderlo: no es la utilidad el vector; es convicción, una teología de la estulticia que abraza leyes anti-natura y la economía de la subsistencia.
En medio de la esquizofrenia hay una luz imposible de ocultar: el límite a cualquier práctica gubernamental son siempre los hechos. El que franquee esa línea, el que haga una y otra vez lo que no conviene al conjunto, el que abrace la torpeza, se topará con la irreductible terquedad de la única verdad, la realidad.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.