La vida no es sueño, y los sueños, sueños son
· Bernardo Saravia Frías
Siempre está la esperanza de que las cosas se resuelvan por taumaturgia; que la pandemia amaine por el paso del tiempo; o que la economía, paradójicamente, se recupere gracias la denostada mano invisible del mercado. Lamentablemente no es cuestión de actos de fe: la acción o la omisión de un gobierno tiene consecuencias, las famosas externalidades de Pigou, que en este último año han dado lugar a una reconfiguración sistémica sin precedentes.
Haciendo un poco de arqueología social que trascienda la coyuntura, hay dos vectores de análisis centrales para entender mejor lo que ocurre y lo que nos espera: trabajo y deuda.
Hay que remontarse al 2002. La Argentina fue pionera en aquello de poner en cuestión la palabra de Dios: te ganarás el pan con el sudor de tu frente. Lo que apareció como un fenómeno temporario devino en permanente, y una parte importante de la sociedad simplemente reemplazó el derecho al trabajo por otro a exigir planes sociales.
Ese mismo año festejamos con algaradas parlamentarias un default total e irresponsable. La patriada devino en juicios millonarios, aislamiento del mundo, pero especialmente en la instalación de otro tótem: desconocer una deuda sería un acto positivo y patriótico. Invertimos el valor de la palabra: no es para honrar sino para crear una realidad, no virtual, sino inexistente.
Si se presta atención, los dos vectores están íntimamente vinculados de un modo perverso: sin trabajo que genere recursos para sustentar el déficit, se recurre a los impuestos o al aumento de la deuda. La ventaja del segundo dispositivo es que no tiene límites porque permite una alquimia: al hacer de cuenta que no existe a su vencimiento, se puede mantener a flote la utopía de vivir sin trabajar. Total, llegado el caso, se echa mano al artificio medieval de culpar al que otorgó el crédito o al que lo pidió, haciendo caso omiso del riguroso tiempo y espacio, y de las condiciones en las que se tomó la decisión.
Si se presta mayor atención aún, esos dos vectores son los que se han profundizado en el último año para dar lugar a un país imposible: los argentinos desempleados y con planes sociales han crecido por millones; restructuramos la deuda pública con originalidades académicas y en menos de un año tiene valores de default y estamos al borde de lo que ya se deja ver como un nuevo incumplimiento, ahora con organismos multilaterales de crédito.
Si se presta la máxima atención, el trabajo se vincula con la economía y la palabra con el derecho, con el estado de derecho. No puede plantearse una salida posible para nuestro país sin trabajo; simple como eso. Y es imposible que haya capital e inversión sin palabra, sin que desde el pináculo de la autoridad no se honren los compromisos. Ni trabajo, ni inversión, ni capital. Creamos un nuevo paradigma que echa por tierra el trípode básico de la economía, desde los clásicos, pasando por Marx y llegando a Keynes.
Ese parece ser el plan de gobierno: deconstruir los conceptos de trabajo y deuda para moldear desde viejas utopías la nueva realidad postpandemia. Lástima que la vida no es un sueño, y los sueños, sueños son.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.