SARAVIA FRIAS

Cambiar es gobernar

· Bernardo Saravia Frías

La tecnología cambió el modo de hacer política electoral. El espacio virtual permite estirar el alcance de las promesas en el plano de lo inasible. Lo que subsiste inalterado es el acto de gobernar, que se puede sintetizar en una frase: 10 por ciento son las ideas, 90 por ciento su implementación. Justo al revés de los tiempos de campaña.

El contraste entre promesas virtuales y actos de gobierno reales produce efectos paradojales. Profundiza la línea argumental de que hay una vieja política que impide que las cosas pasen; exacerba odios y resentimientos, grietas. Pero hay algo que no puede resolver: entre tanta logorrea, pasa el tiempo y las promesas siguen siendo tales.

Transformar la política exige terminar con la paradoja. Salir de la falsa disyuntiva entre Estado abundante contra Estado que tiende a lo inexistente. Eso es viejo, con ganas. Tanto que, por ejemplo, los alemanes lo resolvieron después de la Segunda Guerra, de la mano de un liberalismo actualizado, con la frase atribuida al socialdemócrata Brandt: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”.

Vamos a lo concreto. Uno de los mayores desafíos del país es el desempleo. Las cifras son engañosas: 9% no expresa las penurias del cuentapropismo y la informalidad, el universo en el que se ha refugiado gran parte de la población económicamente activa. Hasta acá, el máximo ensayo son unos pocos artículos de la “Ley Bases”, que tardó seis meses en convertirse en norma y sigue esperando su reglamentación.

Hay dos formas alternativas de ensayar cambios plausibles. La primera remite a un fallo de la Corte de California (EEUU), que avaló lo que se llamó la “Proposición 22”, una medida tomada luego de una consulta popular que permitió encuadrar fuera de las normas laborales a quiénes presten servicios en la “economía gig”. Se trata de aquellos que trabajan a demanda a través de una plataforma; los cuentapropistas de los tiempos digitales. Aún en contra de los sindicatos y hasta de las dudas del propio gobierno, fue una consulta a la gente la que terminó imponiendo un nuevo modelo laboral.

Esto lleva a la segunda vía. Es contradictorio lo que está pasando con la morfología del Estado Nacional: de un lado crece y mucho; basta ver los servicios de inteligencia, con presupuestos millonarios. Del otro se retrae, en cultura o investigación y desarrollo; una tendencia monotemática a cortar, con normas que se centran en esa discusión arcaica entre Estado sí, Estado no. Ante esto, el federalismo tiene una oportunidad de oro.

La Constitución prevé los tratados interprovinciales para una amplia gama de materias. Es cierto que no pueden superar competencias delegadas al Estado Nacional, pero ¿por qué no pensar en acciones como la Proposición 22, pero al nivel de gobiernos provinciales, bajo el formato de un tratado que establezca el marco para el desarrollo, que a la vez aliente el empleo?

Las leyes son para crear, no solo para sacar “hojarasca”. Ni Estado chico ni grande; Estado inteligente, que propugna ámbitos jurídicos como base para el desarrollo. Saliendo de falsas disyuntivas es la forma. Gobernando cuando hay que gobernar y vociferando, pero sólo en tiempos de campaña…

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.