SARAVIA FRIAS

Desempleo. Sociedad o Estado

· Bernardo Saravia Frías

Los números hablan. Pero es un idioma distinto al de consonantes y vocales. Su margen de interpretación es limitado, lo que permite conclusiones más contundentes que las palabras. Reminiscencias de los pitagóricos, que veían en los números un medio casi místico para la explicación de las cosas.

Desde hace años que se escucha hablar de empleo. Priman las palabras (que se las lleva el viento). Del total de personas con ocupación laboral, 53,6% están en la informalidad, 30,4% en la formalidad y 16% trabaja en la Administración Pública. La pobreza afecta al 36% de la población; sin transferencias del Estado, sería 50,7% (así, el Estado representa el 30% del universo).

Los números hablan, nadie los escucha. Y como siempre, hay pícaros que los leen, pero hablan de otra cosa: en 2022, una asociación civil cuyo titular es la secretaria del gremio UPCN (de empleados estatales, el más populoso del país, por obvias razones) habría recibido más de 1.000 millones de pesos del Estado. Ya cansa hablar de los miles de millones que se revolean arbitrariamente y sin control para planes sociales; tanto, que se hicieron correcciones escandalosas, de las que nadie dijo nada.

Además de hablar, los números piden. En este caso piden a gritos que se trabaje sobre las causas y no sobre los efectos. Atacar los efectos agrava el problema: es una estrategia ineficaz, genera corrupción, y es la razón de derivas tan graves como el narcotráfico. La respuesta es simple: se requiere una transformación laboral profunda; y es también compleja: son tantos los intereses y privilegios en juego, que es un cable de alta tensión al que nadie se anima.

Todo el mundo sabe qué hacer, especialmente desde el cómodo mundo de los “doctrinarismos a priori”, de las universidades y consultoras. El dilema lo plantea el cómo y el con quién, del que sólo tiene respuesta la Política (con mayúsculas), porque cualquier intento de transformación tiene que pasar al menos tres compuertas: el Congreso, la Justicia, y la propia Administración Pública.

Algo está claro: con estos índices de informalidad y precariedad, con esta estructura socio-laboral, en definitiva, con este modelo de Estado vencido y pobreza, la Argentina no tiene futuro.

El contraste de algunos “sindicalistas” locales con el mundo ya es patético. Jaz Brisack, una joven de 25 años, está revolucionando el mundo sindical de Estados Unidos. Empezó con los baristas de Starbucks y sigue ahora con Tesla.

Es un espejo para mirar con atención, que indica al menos dos tendencias. Primero, la nueva generación necesita y reclama un nuevo marco jurídico para sus vínculos laborales, que reemplace normas anquilosadas, que ahogan oportunidades en un mundo pospandemia que lo ha cambiado todo; segundo, el foco para una transformación a nivel sindical deben ser las empresas y no los “sectores”, ese concepto tan corporativista como inútil.

Las leyes no son suficientes, pero sí fundamentales para torcer el destino de un país. Nuestras leyes laborales reglan privilegiadamente la vida de algunos dinosaurios, que están matando a la sociedad para que viva el Estado. Sociedad y Estado, o Estado sin sociedad.

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.