Entre la libertad y el miedo
· Bernardo Saravia Frías
La performance de un gobierno se juzga por el modo en que enfrenta los acontecimientos que definen su período. El hombre hace planes y Dios se ríe de los planes que hace el hombre; lo que cuenta es el devenir más que lo que se imaginó.
Se trata de un concepto que viene desde la antigüedad grecolatina: la fortuna; más precisamente la mala o la buena fortuna maquiavélica. No es lo mismo la soja a 1000 que a 200 dólares la tonelada; ni un mundo con o sin pandemia. En el extremo, estamos hablando de cómo resolver la escasez, que de lo contrario termina indefectiblemente en el peor escenario: la revuelta social.
Por lo mismo que la historia no es circular, para ensayar una respuesta conviene identificar qué hechos pasados se repiten y cuáles son novedosos en el escenario actual. Hay dos datos distintivos. El primero es que la escasez ha sido provocada esta vez por obra y gracia de los gobiernos. La peste agravó su ontología con medidas atemporales (a pesar del nombre, cuarentena) que no tomaron en cuenta diferencias, ni distinguieron coyuntura y largo plazo. El segundo es que está ocurriendo un cambio generacional marcado (identificado tan bien por Ortega y Gasset), con un rasgo peculiar: la que se erige como protagonista no es una generación de continuación sino más bien de ruptura, que recibe las cosas con beneficio de inventario y no acepta justificativos desde banderas descoloridas.
Hay tres modelos que se delinean en el mundo para paliar esta nueva especie de mala fortuna. Los que han elegido la libertad como respuesta, respetado su unicidad irreductible. Los que han puesto el asiento en la libertad económica, escindiendo el concepto. Y luego un tercer modelo para el que la libertad es una quimera y ha optado sustitutivamente por un dispositivo tan anacrónico como llamativo: un sistema de legalidad fundado en restricciones y coacciones en todos los planos: exportación de materias primas, circulación, mercado monetario, precios y hasta vacunas. Que tiene, además, un propósito: todo a la baja, desde valores, pasando por producción, exportación y salarios, aunque la historia dé cuenta de los resultados.
Los dos primeros modelos van permitiendo una salida paulatina de la escasez y, por tanto, un alejamiento de la revuelta social; en muchos casos la tuvieron y aún las tienen, pero han resuelto la crisis, en general, con respeto a las vías institucionales. El tercero, no es de extrañar, va profundizando la escasez y acercándose peligrosamente al peor escenario.
¿Qué esperar? El primer límite es la opinión pública, que se traduce en votos, con particular atención en la nueva generación que ya no se deja engañar con eslóganes que le son incomprensibles o ajenos. El segundo límite son las instituciones, especialmente el Congreso (juicio político y otros modos constitucionales de rendición de cuentas) y la justicia. En el medio, lidiar con prohibiciones y coacciones absurdas, valiéndose de lo que permanece indeterminado en este tipo de normas: lo permitido. Entre la libertad y el miedo, siempre la libertad.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.