Jaque a la división de poderes
· Bernardo Saravia Frías
En tiempos de instantaneidad, de mensajes lacónicos ante un estado de urgencia permanente, llama la atención la trascendencia de un discurso presidencial, de por sí extenso y cargado de contenido.
Las modas van marcando los termómetros de la economía y de la sociedad. A veces es el riesgo país (por cierto, en niveles alarmantes, sin que nadie hoy lo aprecie); otras, el precio del dólar estadounidense (lo mismo). Ahora, como hace unos años atrás, es tiempo de la hermenéutica de la palabra. Ese es el dato central para el análisis, en todos los frentes. La palabra del poder formal es el vector que marca lo que se puede y debe esperar.
En esa tarea de desciframiento, hay una causa constante, aunque imperceptible para muchos, que se repite desde 2008 en adelante (con el denostado interregno de cuatro años): la tendencia al desequilibrio del poder. Fácil preguntarse qué tiene que ver algo tan etéreo con la cotidianeidad de una economía que languidece. Si se analiza con atención, la relación es más directa de lo que se ve superficialmente.
Los primeros rastros de la división de poderes se remontan a la Carta Magna de 1215, ante el levantamiento contra el rey para limitar los impuestos. Se convierte luego en cuerpo de doctrina con Montesquieu, que capta su esencia y propone la técnica para ponerla en práctica: se trata de limitar al poder en beneficio de la libertad de la gente; y el modo de hacerlo es fraccionándolo. Simple como eso: ponerle ritmo a su tendencia natural a la expansión, a través de dos dispositivos, la división y la periodicidad. Esa es la base de la cultura política occidental.
Cuando uno lee los discursos presidenciales de los períodos anteriores al 2015 y los posteriores al 2019, el hilo conductor es siempre el mismo: un poder ejecutivo avasallante, otro poder que adopta una conducta notarial y un tercero que, desorientado, pugna entre una mirada endogámica o tender puentes consintiendo la judicialización de la política.
En el medio, la gente y su día a día: con un poder desequilibrado, se compran vacunas confiando en el genio benevolente del azar; son pocas, las consiguen unos pocos y sin consecuencia aparente ni sanción; se reestructura una deuda soberana, y en tan solo un mes los nuevos bonos tienen precio de default; se produce una acercamiento al FMI, un alejamiento, otro acercamiento para terminar en una absurda denuncia penal (que incluye su staff); se clausura una economía, priorizando la “salud” y sin miras a un plan de reactivación, ni serio ni aparente; se cierran las escuelas por un año y se abren desordenadamente en algunas jurisdicciones, sin entender aún porqué estuvieron cerradas, porque todavía no hay vacuna, al menos para los maestros. Y sigue. No es una entelequia: el efecto es concreto y puntual en la vida y el bolsillo de la gente.
Michel Foucault mostró el vínculo entre discurso, normatividad de las conductas y el modo de ser de una sociedad. En nuestro país es palpable y dramático: la palabra del poder que propugna su desenfreno; la anomia ante la falta de creencia en el orden jurídico; y un ethos que nos define más cercano al Viejo Vizcacha que al Facundo.
Argentina es un país que está como en un (mal) sueño, pero próximo a despertarse. Esa es la esperanza: desperezarnos de una vez, abandonar el discurso inútil de la erística (arte de la controversia) para entrar de una vez en la historia contemporánea, porque hay un día después.
El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.