SARAVIA FRIAS

La adoxia de YPF

· Bernardo Saravia Frías

Política es tener una idea clara de lo que se quiere hacer desde el Estado con una Nación. Lo contrario es osadía, que no logra representarse los peligros, que no imagina con detalle el futuro ni vive de antemano. Es la teología del presente con un denominador constante: los costos de las decisiones no se dejan ver al principio, pero a la larga son enormes y mayores que las ventajas.

Hace cinco meses, el Banco Central emitió una norma desde ese aquí y ahora: impuso un default desordenado al sector privado, al prohibirle pagar sus deudas internacionales por encima de determinado monto. Empresas que tenían cómo honrar sus compromisos se vieron obligadas a iniciar un proceso injustificado de reestructuración de sus créditos o a caer lisa y llanamente en incumplimiento.

El paso del tiempo (tan solo cinco meses después) empezó a desnudar las consecuencias del obrar negligente, cobrándose la primera gran víctima sacrificial: YPF, que culminó ayer una desdorosa reestructuración voluntaria de una fracción de su deuda con el exterior (tras la frustrada pretensión de alcanzarla toda), luego de un mes de idas y vueltas incomprensibles, que sumieron a la principal empresa del país en el mayor de los descréditos. Amenaza de default (una de las pocas creíbles de este gobierno). Vamos por todo y arreglamos por casi nada. Sideral proceso atravesado por un recambio antitético del Presidente de la compañía. Acefalía que representa con simbolismo que el gobierno corporativo de la principal empresa Argentina, sencillamente habita en otra parte.

No es la primera vez que YPF es lanzada de la roca Tarpeya a manera de ofrenda. Como si la leyenda de Mosconi fuera suficiente para aguantar (y justificar) todos los arrebatos ideológicos, fue privatizada y estatizada con fervor típico de los conversos, dependiendo del humor de turno. Salvo honrosas excepciones en las que la grandilocuencia cedió paso a la visión empresaria estratégica. En el medio, miles de millones de dólares de juicios en contra y sonrisas sardónicas de intermediarios y oportunistas.

Visto a la distancia, desde la última renegociación de la deuda soberana argentina en adelante, se ha impuesto una estrategia predecible y repetida en todos los frentes (especialmente Nación, la mayoría de las Provincias y ahora YPF). Aparenta grandes batallas con los acreedores y termina en generosos acuerdos de pago (Repsol, Club de Paris, FMI); o reestructuraciones mal formuladas, con picardías legales cual grandes logros, que terminan augurando el reinicio del círculo vicioso.

En ambos casos, acreedores, intermediarios y leguleyos, que juegan con las cartas marcadas, y esperan que transcurra lo inevitable, para luego sacar el máximo provecho posible de una senda previsible y trazada. No hay sorpresas, tan sólo las ansias de modificar la realidad, sólo con palabras. El mejor negocio para algunos; el peor para los argentinos, con juicios y comisiones millonarias, que se siguen sumando.

Hay pocas cosas que vale la pena preservar tanto para las personas como los países. Una, sin duda, es el buen nombre, para evitar lo que los griegos llamaban (y evitaban a toda costa) la “adoxia” (la mala reputación). Lamentablemente por esa senda vamos los argentinos, institucionalizando el éxito del corto plazo y el “pague Dios”. Mientras, el mundo sigue girando y los capitales – más abundantes que nunca - eligiendo mejores destinos (serios).

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.