SARAVIA FRIAS

Un nuevo contrato social (¿quis salvatur?)

· Bernardo Saravia Frías

El contrato social es una metáfora de las ciencias políticas para explicar por qué los gobernados “ceden” soberanía al Estado. Muchos fueron los justificativos, de Hobbes a Rosseau; lo cierto es que el extraño concepto tuvo históricamente una tendencia constante hacia un Estado cada vez más grande, a cambio de beneficios más amplios. Una paradoja: más delegación (menos libertad) para más contraprestaciones.

La pandemia (¿endemia?) es un punto de quiebre que aceleró la marcha: desde la instauración del “estado de bienestar” posterior a la segunda guerra mundial, nunca se vio una profundización tan marcada de la dependencia del Estado. Se insinúa un nuevo contrato social, que enmarca una realidad laboral diferente, una cobertura de seguridad social ampliada y hasta una fisonomía distinta de los centros urbanos.

La pregunta que lógicamente precede es cómo se financia un cambio tan material. Los países creíbles lo han hecho con emisión, en sus distintas variantes. Los in creíbles, han hecho lo propio, aunque empiezan a quedar a la vista las diferencias: unos materializan la reforma; otros se quedan en la retórica, mientras la terquedad de los hechos los empuja al abismo. Y es ahí donde recurren al viejo truco de aumentar impuestos.

Imaginemos un país donde más de la mitad de la población no trabaja. De la que lo hace, más de la mitad está en la informalidad; el mínimo universo que resta tiene una presión impositiva superior al 30%. Eso es Argentina; eso es un país quebrado. Lo que explica muchas cosas, especialmente la huida de jóvenes y empresarios al exterior, y un riesgo país a valores de default, sin vencimientos de deuda a la vista.

El fin de semana, la Cámara de Diputados dio media sanción a un proyecto para achicar el universo de los que pagan el impuesto a las ganancias, excluyendo a muchos miles. Cada vez son menos los que pagan impuestos; ya no los que más pagan, sino simplemente los que pagan. No es una medida que sorprenda: ya en 2008, previo a las elecciones, se otorgaron millones de jubilaciones a quiénes no podían jubilarse. La maniobra es idéntica ahora; también los resultados: antes se quebró el sistema jubilatorio; ahora se quiebra el sistema (recaudatorio).

No cuesta tanto entender el por qué: el resentimiento es uno de los grandes motores de la historia, sumado a lo fácil que es repartir lo ajeno. Sí el cómo: cómo se puede pensar un país viable, un país posible, en condiciones y con cambios que inexorablemente conducen a la ruina de todos. En el altar de cada elección, sacrificamos el futuro con medidas propias del plano de lo absurdo: no hay contrato posible con un desbalance tan grande; termina en su ruptura o en la fuga, al exterior o a la informalidad.

D’ abord je m’ engage, puis je pense (primero hago, luego pienso) parece ser el lema. El problema es que eso es propio de un genio y en plena batalla (Napoleón). La pregunta deja de ser quis dives salvetur? (¿qué rico se salva?) y pasa a ser quis salvatur? (¿quién se salva?)

El presente se remite para uso exclusivo del receptor; no podrá ser distribuido a ningún tercero sin la autorización previa y expresa de Saravia Frías.